jueves, 17 de noviembre de 2011
Más, y más, y más...
Ayer volví a mirarla. Tan llena y redonda como estaba. Vi en sus ojos cansancio. No podía explicarme el por qué algo tan bello como la Luna podía estar tan decaída. Pasé un rato en mi ventana. Imaginé todos y cada uno de nuestro momentos y, por ello, sonreí. Vi que ella también sonreía. Recordé algunos de los fallos que he cometido en la vida. Y los que aún sigo cometiendo. Lloré. Ella también lo hizo. Entonces comprendí que no le pasaba nada. Tan solo me veía en ella reflejada. Tenía sueño, pero no podía dormir. Sentía frío. Tapaba mi cuerpo. De pies a cabeza. De pronto, tenía calor. Me destapaba. Repetía la sensación de frío. Y después de vuelta al calor. No podía dormir de ninguna manera. Algo hacía que me sintiera incómoda. Mi corazón latía más rápido de lo normal. Mis manos estaban frías. Temblorosas... Planté mis pies en el suelo frío de mi habitación. Abrí la ventana. Allí pasé minutos pegada, observándola. Tras ello, le desee una buena noche, pues si ella la tenía yo también lo haría. Miré mi estrella. Le sonreí. Brillaba cada vez con más fuerza, como queriendo transmitirme la energía que ella emanaba. Me escondí de nuevo bajo la manta y, por fin, mis ojos cayeron cansados. Pronto, una lucecilla mañanera entro por las rendijas de mi persiana. Era un maravilloso sol. Un sol radiante. Entonces supe que tenías un buen día, que habías sonreído, que sonreías más, y más, y más... pues mi día brillaba...
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